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viernes, 18 de agosto de 2017

La insoportable 'supremacía' blanca

Fander Falconí
En noviembre de 2015 ocurrió un atentado terrorista en París, en víspera de la cumbre climática. El entonces precandidato Trump reaccionó de inmediato condenando el ataque. Ya de candidato, en junio de 2016, hizo lo mismo tras la balacera de Orlando. El sábado anterior, 12 de agosto de 2017, el presidente de Estados Unidos, el mismo Trump, demoró varias horas en reaccionar, tras los acontecimientos de Charlottesville, Virginia, a menos de 200 kilómetros de la capital estadounidense.
La noche del viernes salieron a las calles decenas de supremacistas blancos, con antorchas, armados y gritando consignas de odio racial, como en Alemania, en 1934. Frente a ellos se formó una contramarcha pacífica, de cientos de habitantes de la localidad. Entonces, un simpatizante del grupo fascista lanzó su automóvil contra la contramarcha, producto de lo cual resultaron heridas 19 personas y falleció Heather Heyer, abogada activista de 32 años.
Hasta el mediodía del sábado se produjeron varios arrestos y el gobernador de Virginia decretó el estado de emergencia, precedido de un discurso antiodio y a favor de los migrantes. Recién a las 13:19 Trump condenó la violencia “de ambos lados”. La diferencia: esta vez el homicida era blanco y su simpatizante. Al parecer, Trump olvida que en muchos países la apología del nazismo es un delito, sea expresada directamente o asociada a la apología del racismo, que es un delito internacional.
La idea de una supuesta supremacía blanca se originó en el siglo XIX, confundiendo la lengua con la raza, con el premeditado fin de sustentar el nacionalismo en el Reino de Prusia. Esta falacia fue la base ideológica del nacionalsocialismo de Adolfo Hitler, y una de las causas fundamentales de los 50 millones de muertes provocadas por la segunda gran guerra europea del siglo XX, incluidos 20 millones de soviéticos y seis millones de judíos.
El racismo alemán, producto de la ignorancia y de complejos psicológicos, ha sido combatido por grandes pensadores. Pero los prejuicios y la ignorancia persisten, y hoy son explotados por algunas corporaciones de Occidente.
Esas corporaciones son las mismas que están detrás de la concepción colonialista del mundo. La idea de una supuesta superioridad racial que justifica ‘civilizar’ al buen indígena (o reprimir al indígena indócil) sigue latente en varios grupos políticos y religiosos. Durante décadas, la clase dirigente norteamericana toleró el apartheid en la República Sudafricana y Namibia.

En Ecuador, país con altísimo grado de mestizaje, hablar de razas es más inapropiado todavía. Los conquistadores ibéricos provenían de un lugar con una población original que no era indoeuropea, como lo confirma la persistencia del idioma vasco. Esa península fue invadida por indoeuropeos (griegos, romanos, germanos) y por semitas (fenicios, cartagineses y árabes). Las crónicas de la conquista cuentan que un primer momento solo llegaron hombres, y nadie afirma que fueron célibes. El mestizaje iberoamericano fue y sigue siendo un hecho histórico crucial. Bien afirma el mexicano José Vasconcelos que somos la raza de bronce, la raza cósmica.

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