Con los
ojos fijos en Él
en la realidad y la fe
Comisión
ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 358 –13 de septiembre, 2026
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Discernir
entre el bien y el mal
“La tentación tiene tres características y
nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. La tentación comienza
levemente, pero crece, siempre crece. Luego Contagia a otros: se transmite a
otros, trata de hacerse comunitaria. Y al final, para tranquilizar el alma, se
justifica. De este modo las características de la tentación se expresan en tres
palabras: crece, se contagia y se justifica”. Papa Francisco, 11 de abril 2014.
Vivimos una época en la que
los límites éticos entre el bien y el mal se diluyen y difuminan hasta
confundirse. El mal primero se banaliza y luego se justifica. No es algo
exclusivo de nuestros tiempos; ha ocurrido a lo largo de la historia,
especialmente en momentos trágicos como el Holocausto del pueblo judío durante
la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento del nazifascismo.
La banalidad del mal diluye
la responsabilidad individual dentro de un sistema en el que gran parte de la
sociedad participa de manera más o menos activa o lo acepta pasivamente con su
silencio e indiferencia. Esto se refleja en frases como: “yo solo cumplo
órdenes”, “es lo que tengo que hacer”, “es parte de mi trabajo”, “todo el mundo
lo hace” o simplemente “no es algo que me afecta”. Se aceptan sin cuestionar
los “pequeños males” hasta que se convierten en algo normal: aceptamos la
corrupción personal y social, la violencia o la injusticia contra el otro como
instrumentos para alcanzar el éxito personal.
Se banalizan también las
muertes relacionadas con los grupos de delincuencia organizada mediante frases
que minimizan esa violencia, como: “No importa, mientras se maten entre
ellos…”. Se olvida así que todo crimen es injusto y que existen personas no implicadas
que no pueden ser consideradas simples “víctimas colaterales”. También se
llegan a aceptar violaciones de los derechos humanos y ejecuciones
extrajudiciales, como en el caso de los “Cinco Niños de las Malvinas”, bajo
justificaciones discriminatorias que, por ser afros o “negros”, los presentan
como supuestos delincuentes merecedores de castigo.
El mal se justifica con
discursos que parecen aceptables y terminan siendo asumidos incluso por
personas honestas. El miedo y la manipulación normalizan abusos, generan
divisiones y debilitan la ética personal y social.
De esta forma se genera un
contagio general que permite que la justificación del mal crezca y se convierta
en algo aceptable, asumible y popular, como ocurrió con el nazismo. Esta forma
de pensar se está extendiendo a nivel local, regional, nacional y global.
Es aún más grave cuando se
utiliza el nombre de Dios para cometer crímenes, justificar guerras o promover
ideologías que alimentan la xenofobia, el machismo, el ultranacionalismo y el
descarte social de personas, pueblos y naciones. También se promueven teologías
de la prosperidad y del éxito, donde se presenta a Dios casi como un “cajero
automático” al que se puede comprar o sobornar. Son visiones espiritualistas e
individualistas que dejan de lado los valores de la justicia social, la
solidaridad y el bien común.
El primer paso de una ética
liberadora es discernir entre el bien y el mal. El papa Francisco señalaba:
“Debemos estar atentos cuando en nuestro corazón sintamos algo que acabará por
destruir a las personas, destruir la fama, destruir nuestra vida, llevándonos a
la mundanidad, al pecado… Porque es una lucha de nuestra vida espiritual, de
nuestra vida cristiana contra el príncipe de este mundo”. El segundo paso es la
voluntad: actuar de acuerdo con ese discernimiento, vincular la verdad con el
bien y enfrentar la “ética cínica”, que conoce dónde está el bien y el mal,
pero no actúa en consecuencia.
Para superar esta profunda crisis
ética debemos examinar nuestra conciencia personal y social: la personal, que
nos permite analizarnos a nosotros mismos; y la social y comunitaria, donde,
iluminados por la Sabiduría Divina y el Espíritu Santo, discernamos claramente
entre el bien y el mal y, en consecuencia, trabajemos para ubicar cada realidad
en su lugar y construir activamente el Reino de Dios, que es Reino de vida,
verdad, justicia, paz, gracia y amor. #ComuniquemosEsperanza
Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es
una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de
reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar
y proponer alternativas, a través de estas cartas.
