Con los
ojos fijos en Él
en la realidad y la fe
Comisión
ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 357 –6 de septiembre, 2026
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¿Corrupción:
enfermedad incurable?
“Se observa, lamentablemente, cuán difundida
está en nuestros días una injusticia social que brota de la corrupción
arrogante, tan deplorable como discriminatoria, la cual sitúa a unas personas
por encima de otras bajo lógicas de dominio… Son necesarias sanciones contra
las cúpulas políticas que engordan con la corrupción y la impunidad”. Papa
León XIV.
La corrupción, entendida como la
acción de dañar, romper y pervertir, se ha vuelto una enfermedad casi
incurable. El papa Francisco la define como un “cáncer” y un “proceso de
muerte” que destruye la dignidad, y sostiene que se diferencia del pecado común
porque el corrupto endurece su corazón, se cree autosuficiente y no siente la
necesidad de pedir perdón.
¿Dónde está la corrupción? Está en
todas partes. Se manifiesta de una y mil maneras, tanto en lo público como en
lo privado. A veces se presenta de forma oscura e informal y, lastimosamente,
también como algo formal o normal.
La corrupción informal pulula en la
cotidianidad: está en la tienda del barrio que, en vez de vender la libra de
arroz de 16 onzas, entrega 14; en la frutería que ofrece productos a punto de
fenecer; en el busero que corretea y se pasa el semáforo en rojo; en el taxista
que altera el taxímetro para cobrar más; en quien copia en un examen; en el
avivato que se aprovecha de cualquier oportunidad para sacar provecho; y en la
apropiación de los espacios públicos. Está en la llamada “viveza criolla”. Se
ha vuelto parte del “paisaje ciudadano” que peligrosamente aceptamos y
legitimamos.
La corrupción formal se genera y
desarrolla en instituciones públicas y privadas. Es la corrupción de “cuello
blanco”, aquella que se desliza por los hilos del poder y utiliza diversos
mecanismos para disimular su presencia y actuación. Parece normal y hasta
“legal”, dentro de los procedimientos establecidos. Se ha estructurado mediante
redes de corruptos que buscan y obtienen réditos y “ganancias” onerosas en
detrimento de la calidad, eficacia y eficiencia de los contratos y las obras
públicas. Allí aparecen los sobreprecios, los porcentajes, el tráfico de
influencias, los favoritismos y los “amarres” politiqueros.
La corrupción se ha convertido en una
“forma de vida”, en una “metodología de trabajo fácil” que produce dinero o
beneficios y en una “estrategia” para conseguir poder. Allí han fenecido la
verdad, la transparencia, el bien común, el amor al prójimo y el servicio a los
más vulnerables. Por ambiciones desmedidas, la posibilidad de mejorar los
servicios básicos de barrios y poblaciones enteras se transforma en una
oportunidad de enriquecimiento ilícito para unos pocos, en detrimento de la
vida de las personas y de la calidad de las obras.
Pero no todo está perdido. Hay muchas
personas e instituciones alrededor del mundo que ponen el dedo en la llaga de
la corrupción y se esfuerzan por posicionar la honestidad, la transparencia, el
servicio y el amor al prójimo como respuesta a este mal. «A la obsesión de
quienes acumulan riquezas solo para sí se opone la obstinación de Dios que, en
el testimonio de personas de carne y hueso, abre el corazón y acoge en su amor»
(papa León XIV).
Atacar la corrupción implica desafíos
individuales, familiares, sociales, regionales, nacionales e internacionales.
Para el papa Francisco, las alternativas para enfrentarla y salir de ella
radican en romper el silencio, denunciar, hablar sin miedo, promover la
justicia social y fomentar una cultura de austeridad y transparencia.
Las sociedades deben visibilizar y
denunciar la corrupción para dejar de normalizarla. Frente a ella, es necesario
promover la justicia, la legalidad, la educación en valores, la transparencia y
el bien común, entendiendo el poder como un servicio honrado, especialmente
hacia los más vulnerables. También hay que combatir el afán desmedido de poder
y dinero, así como el nepotismo. Los gobernantes deben dejar de lado los
beneficios a sus parientes y priorizar el deber de servir a todas las personas.
Frente a los sistemas que obligan a pagar sobornos o facilitan las “ganancias
rápidas”, es necesaria una resistencia ciudadana o, como propone el papa
Francisco, aplicar la “astucia evangélica”: ser prudentes como serpientes y
sencillos como palomas, manteniendo la coherencia ética y rechazando cualquier
complicidad con estructuras deshonestas, aun a costa de perder privilegios
inmediatos. #ComuniquemosEsperanza
Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es
una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de
reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar
y proponer alternativas, a través de estas cartas.
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