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sábado, 14 de febrero de 2026

carta No. 328: ¡Nuestra querida Amazonía!

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 328 –15 de febrero de 2026
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¡Nuestra querida Amazonía!

La escucha del clamor de la tierra y el grito de los pobres y de los pueblos de la Amazonía con los que caminamos, nos llama a una verdadera conversión integral, con una vida simple y sobria, todo ello alimentado por una espiritualidad mística al estilo de San Francisco de Asís, ejemplo de conversión integral vivida con alegría y gozo cristiano. Sínodo Especial para la Región Amazónica n. 17, octubre 2019.

A nivel nacional e internacional se repiten con frecuencia expresiones como: la Amazonía es el pulmón del planeta, la región con mayor biodiversidad, poseedora de las mayores reservas de agua dulce y de recursos naturales aún sin explorar. En ocasiones también se reconoce que es el hogar de múltiples pueblos y nacionalidades originarias con culturas y saberes ancestrales. Pero muchas veces estos reconocimientos se quedan solo en enunciados, son escasos los análisis profundos, y más aún acciones concretas frente a la realidad y las amenazas que se ciernen sobre sus habitantes, su modo de vida y la sostenibilidad ecológica de la querida Amazonía.

Históricamente, la Amazonía ecuatoriana ha sido un territorio en permanente disputa, especialmente con la vecina República del Perú, hasta la firma de la paz en 1998.

Durante siglos, los pueblos y nacionalidades indígenas amazónicos fueron los únicos habitantes de una selva con la que convivían en armonía. Con la llegada de la Colonia y posteriormente de la República, se abrió paso la presencia de misioneros y la evangelización, así como de encomenderos que impusieron sistemas de explotación. También llegaron viajeros interesados en el conocimiento y en la extracción de sus riquezas. Las comunidades indígenas resistieron y lograron preservar sus lenguas y culturas. Sin embargo, enfrentaron graves consecuencias: pandemias de enfermedades desconocidas para ellos y la violencia de hacendados y caucheros, que incluso provocaron el exterminio de pueblos enteros.

En el siglo XX la obsesión del Estado por crear “fronteras vivas” delegó en las misiones gran parte del desarrollo de la Amazonía. Fueron ellas las que crearon escuelas y centros de salud, abrieron vías de comunicación y establecieron o fortalecieron poblaciones y ciudades. En la práctica, la acción cívica y social en la región quedó casi totalmente en sus manos.

En la década de 1970 se inició la explotación petrolera, con la apertura de campos y pozos, así como la construcción de nuevas carreteras. Este proceso estuvo acompañado por una agresiva colonización en la Amazonía Norte. Tanto la actividad petrolera como la colonización se realizaron sin reconocer los derechos de los pueblos indígenas, legítimos dueños de las tierras y la selva. Las leyes de Reforma Agraria y Colonización (1964 y 1974) fortalecieron la colonización como un paliativo ante las luchas por la tierra en la Sierra y la Costa.

Actualmente, las actividades extractivas en la Amazonía continúan y se intensifican. La expansión petrolera, la minería —legal e ilegal— y la tala indiscriminada destruyen la selva y contaminan ríos, suelos y aire. Estas dinámicas, sumadas a la presencia del crimen organizado, han incrementado la violencia en la región.

Aunque de la Amazonía ha salido gran riqueza petrolera, la región ha sido marginada. Sus pueblos y territorios han recibido escasos beneficios, lo que ha impedido articular un proceso de desarrollo sostenible, sustentable e integral.

Después del Concilio Vaticano II y de las conferencias del episcopado latinoamericano, los vicariatos amazónicos del Ecuador renovaron su orientación pastoral, asumiendo un compromiso más profundo con los pueblos de la región. Sin abandonar la asistencia social tradicional, impulsaron la organización campesina e indígena y defendieron sus derechos a la tierra y a los territorios ancestrales, a la educación bilingüe, a la salud y a la preservación de sus culturas. Esta misión se fortaleció con las encíclicas Laudato si’ y Fratelli Tutti, así como con las orientaciones del Sínodo Amazónico de 2019.

Vale recordar figuras como Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, nombrados venerables por el papa León XIV; Santa María Troncatti, canonizada el 18 de octubre de 2025; Mons. Gonzalo López Marañón; Mons. Pedro Gabrieli, recientemente fallecido; los padres Juan Botasso y José Miguel Goldáraz; así como tantos laicos, religiosas y religiosos que han luchado y continúan entregando su vida por la justicia y la paz en esta Amazonía herida. Su testimonio nos invita a mirar con nuevos ojos hacia esta tierra, con miradas de comprensión y amor para cuidarla y protegerla: “Nuestra conversión debe ser también cultural, hacernos al otro, aprender del otro. En la gente de la Amazonía encontramos enseñanzas para la vida” (Sínodo para la Amazonía n. 41 y 43). #ComuniquemosEsperanza

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

domingo, 8 de febrero de 2026

carta No. 327: La trata de personas rompe la Paz

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 3278 de febrero de 2026
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La trata de personas rompe la Paz

“La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados crean un terreno fértil para que los traficantes exploten a los más vulnerables, especialmente a las personas desplazadas, a los migrantes y a los refugiados…Estas formas de violencia no son incidentes aislados, sino síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar como Cristo ama...” Papa León XIV, 6 de febrero de 2025.

La trata de personas es un delito muy complejo que implica la captación, el transporte y el sometimiento de personas, dentro o fuera de su país, con el propósito de explotarlas en diversas formas. Los tratantes recurren a la fuerza, el engaño, la coacción, el abuso de poder o incluso la seducción para controlar a sus víctimas, quienes terminan privadas de sus derechos fundamentales. Los fines de esta explotación incluyen el trabajo forzoso, la explotación sexual, la extracción de órganos, el reclutamiento en conflictos armados o actividades delictivas, la mendicidad, el matrimonio servil y la adopción ilegal.

Se considera la nueva esclavitud del siglo XXI porque las víctimas son aisladas de su entorno familiar y social, sometidas a dominación y control, y reducidas a objetos de explotación. Este fenómeno refleja una profunda herida en la humanidad, pues se aprovecha de la vulnerabilidad de las personas y perpetúa un sistema de sometimiento y abuso que degrada la dignidad humana.

La trata de personas se alimenta del silencio, la indiferencia y la normalización de la violencia. No es normal que una niña sea explotada sexualmente; no es normal que la pobreza empuje a tantas personas al trabajo forzoso, a la mendicidad forzada u otras formas de esclavitud; no es normal que adolescentes sean captados por el crimen organizado, que se aprovecha de la exclusión, la falta de oportunidades y el abandono para destruir sus sueños y su futuro. Allí donde esto ocurre, la paz se rompe y la humanidad se desfigura.

Cada 8 de febrero la Iglesia recuerda a santa Josefina Bakhita, mujer africana que sufrió la trata de personas desde su infancia y cuya vida fue transformada por el encuentro con Dios. Su historia, marcada por la esclavitud, pero iluminada por la gracia, nos enseña que la dignidad humana nunca puede ser arrebatada y que ninguna herida es más fuerte que el amor divino. Hoy, Bakhita es símbolo de esperanza para las víctimas de la esclavitud moderna y un llamado a no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.

El papa Francisco convocó en 2015 a la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. En su XII edición, el tema es: “La paz comienza con la dignidad: una llamada mundial para poner fin a la trata de personas”. No puede haber paz verdadera allí donde la dignidad de las personas es negada, comerciada o destruida. La paz que viene de Dios no se edifica sobre el dolor de los más vulnerables, sino sobre el reconocimiento de cada vida como sagrada.

Esta Jornada invita a unir oración y acción: orar por las víctimas de la trata, por su sanación, y por quienes las previenen y acompañan, a menudo en medio de riesgos y carencias. Pero esa oración debe traducirse en compromiso concreto: combatir la pobreza, generar empleo, asegurar educación, salud y servicios básicos, defender derechos laborales y promover migración segura. También exige acompañar a las familias, reconstruir el tejido comunitario y exigir políticas públicas que protejan a los más vulnerables, para que la violencia y el reclutamiento criminal no se normalicen como destino de la niñez y la juventud.

Estamos llamados a caminar juntos, a tejer redes de cuidado y a escuchar el clamor de quienes no tienen voz. Solo el trabajo articulado entre comunidades eclesiales, organizaciones sociales, instituciones del Estado y ciudadanía permitirá romper las cadenas de la trata.

Que la memoria de las víctimas nos sacuda y nos mueva a la conversión. Y que, convencidos de que la paz comienza con la dignidad, sigamos construyendo una sociedad que promueva y proteja la vida de todas las personas. #ComuniquemosEsperanza

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

sábado, 31 de enero de 2026

carta No. 326: Unidad en la Diversidad

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 3261 de febrero de 2025
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Unidad en la Diversidad

“Si en el curso de la historia las divisiones han sido causa de sufrimiento, hoy debemos comprometernos a invertir el rumbo, avanzando por caminos de unidad y fraternidad, que comienzan precisamente rezando, estudiando y trabajando juntos…El verdadero ecumenismo se hace caminando: no tengáis miedo de caminar, de caminar con los demás, con confianza en los demás; y en el servicio: servid a los pobres, ayudad a las comunidades cristianas y también a las no cristianas. Caminad y servid: seguid así”. Papa Francisco.

Entre el 18 y el 25 de enero de este año celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, con el lema: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4,4). Este evento anual inició en 1908 como “Octavario por la Unidad”, por iniciativa del Padre Paul Wattson y la Madre Lauren Witte. En 1916, el papa Benedicto XV extendió oficialmente la observancia de esta octava; en 1935, el Octavario se transformó en “Semana Universal de Oración por la Unidad de los Cristianos”; y en 1966 empezó a colaborar el Consejo Mundial de Iglesias.

En todo el mundo cristiano, con la participación de laicos, pastores, sacerdotes e iglesias, se resalta la importancia de la oración por la unidad y se sigue fomentando el espíritu ecuménico (universal), tan importante para caminar juntos y construir, en la realidad, la fraternidad.

El principio del ecumenismo entre cristianos es la unidad en la diversidad: unidos en torno a un solo Señor, reconociéndonos como hermanos en la fe; estableciendo un diálogo sincero y una escucha mutua desde la caridad y la verdad; aceptando que es necesaria una conversión y una apertura del corazón; viviendo un amor concreto, basado en testimonios comunes en favor de los pobres, la paz y la justicia; orando juntos para fortalecer aquello que nos une; y respetando al otro por ser hermano, hijo o hija de un mismo Padre.

Esta unidad cristiana se vuelve también un impulso que motiva al diálogo interreligioso con otras creencias, como el islam, el budismo y hasta la religión andina, plasmada en sentimientos y rituales religiosos. Es un diálogo basado en principios y valores, similar al intercultural, que se sostiene en: el reconocimiento de la diversidad de las culturas y de sus valores propios; un diálogo horizontal, sin imposiciones; el respeto sin discriminación, exclusión, xenofobia ni marginación; la valoración y el enriquecimiento mutuo; la integralidad y la comunalidad desde cosmovisiones que fortalecen relaciones comunitarias; el trabajo conjunto; y la relación y el cuidado de la Casa Común.

Ecumenismo e interculturalidad son retos de fe que exigen caminar juntos: aunque desde el Concilio Vaticano II se han abierto espacios de diálogo ecuménico e interreligioso, solo los gestos y prácticas concretas permiten una cercanía real. El Sínodo para la Amazonía (2019) subrayó que la interculturalidad implica una conversión también cultural de la Iglesia, capaz de encarnarse en los pueblos, aprender de sus saberes y reconocer en las religiones indígenas y afrodescendientes valores donde se descubren “semillas del Verbo” (Sínodo para la Amazonía, n. 25, 41 y 43).

En Ecuador tenemos importantes ejemplos de trabajo ecuménico, como el realizado por el padre Lauren Fernández, svd, con el Centro Bíblico del Verbo Divino y su relación con las Sociedades Bíblicas Unidas; y de encarnación intercultural de la Iglesia en los vicariatos, como la entrega martirial de Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango. Alejandro descubrió las semillas del Verbo en las nacionalidades ancestrales, como dice en su escudo episcopal: “Semina Verbi”; o como se recoge en el libro del padre José Miguel Goldáraz: “Iglesia Naporuna”.

Sentir y vivir el espíritu ecuménico y la interculturalidad solo puede hacerse realidad desde el reconocimiento de la diversidad, una profunda empatía para el diálogo y la comprensión mutua, con honestidad, solidaridad y cooperación efectiva, desde el amor al prójimo y a la Casa Común. #ComuniquemosEsperanza

 

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lunes, 26 de enero de 2026

carta No. 325: DIÁLOGO DE SABERES: esperanza necesaria

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 325 –25 de enero de 2026
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DIÁLOGO DE SABERES: esperanza

 necesaria

Las culturas, las tradiciones y la espiritualidad deben ser protegidas en su diversidad: la búsqueda del diálogo, la justicia y la paz favorece la gestión de los recursos de forma coordinada, para responder a los urgentes desafíos que afectan a la casa común y a la familia de los pueblos. Papa Francisco.

América Latina es a la vez Occidente y territorio de culturas originarias, donde conviven saberes distintos en medio de tensiones y superposiciones. En esa complejidad está nuestra originalidad y la posibilidad de aportar al nuevo orden mundial: construir unidad en la diversidad y cuidar la Casa Común, protegiendo tanto la biodiversidad como la riqueza cultural.

El “diálogo de saberes” es un proceso de encuentro, en condiciones de igualdad, entre distintos conocimientos (científico, académico, ancestral, popular, campesino) para afrontar problemas comunes y construir una convivencia en equilibrio. Reconoce la diversidad cultural y las cosmovisiones, y se basa en una ética del reconocimiento que promueve respeto, escucha, complementariedad y horizontalidad para el bien de toda la comunidad humana.

Sin embargo, el triunfo de la modernidad capitalista, entre los siglos XVI y XVII, impuso una visión occidental judeocristiana que desvalorizó y negó los saberes de los pueblos originarios. Este proceso de colonización, sostenido en el racismo y la exclusión, no pertenece solo al pasado, sino que continúa reproduciéndose bajo nuevas formas en nuestro tiempo.

A pesar de ello, los pueblos originarios han resistido y han logrado conservar formas propias de conocimiento y de vida. Hoy podemos reconocer la existencia de una Alta Cultura Andina, entendida como un sistema de conocimientos y prácticas capaz de dialogar de manera horizontal, entre iguales, con los aportes de la ciencia y la tecnología de Occidente en diversos campos.

En este tiempo de crisis y decadencia de la civilización occidental, el reencuentro con nuestras raíces originarias abre caminos alternativos para el futuro. Desde la cosmovisión andina, el ciclo vital atraviesa cuatro fases: la creación, el nacimiento, el crecimiento y la muerte, concebida no como un final, sino como el retorno al origen sagrado. Vida y muerte no se oponen, sino que se complementan.

En la cultura ancestral, el equilibrio es una forma de vida en relación con la naturaleza, la familia, la comunidad, las montañas y el entorno entero, sin jerarquías rígidas ni fragmentación del conocimiento, porque los saberes son circulares y se integran en una visión holística. Esta misma mirada se refleja en la salud y la medicina: el ser humano, como parte de la Pachamama, vive conectado con el cosmos y con la comunidad en cuerpo, mente, corazón y espíritu, y la enfermedad aparece cuando se rompe alguno de esos equilibrios.

La salud intercultural reconoce, valora y articula la diversidad cultural y los saberes tradicionales de pueblos y nacionalidades indígenas, afroecuatorianas y montubias con el sistema de salud convencional, y en Ecuador cuenta con respaldo jurídico porque la Constitución define al Estado como plurinacional e intercultural y la Ley Orgánica de Salud incorpora la integración de prácticas de medicinas tradicionales y alternativas. En ese marco, el diálogo de saberes en salud puede ser una puerta de esperanza ante la crisis sanitaria, ya que la medicina tradicional, con su enfoque integral, puede fortalecer la prevención, la atención primaria y el restablecimiento del equilibrio físico, mental, afectivo y espiritual de las personas.

Este camino exige abandonar lógicas coloniales y abrirse, con humildad, al diálogo intercultural y a la sabiduría ancestral. Implica defender territorios y derechos, sanar memorias heridas y acompañar procesos de resistencia y resiliencia. Cuidar la vida hoy es también reconocer el rostro de Dios en estas culturas y caminar junto a ellas desde un amor que repara, dignifica y restituye.  #ComuniquemosEsperanza

 

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domingo, 18 de enero de 2026

carta No. 324: Sin probidad notoria no hay justicia

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 324 –18 de enero de 2026
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Sin probidad notoria

no hay justicia

“La justicia no es solo un sistema, sino una virtud que pone a los operadores al servicio de las personas, el pueblo y el Estado, siempre buscando la verdad y la sabiduría, buscando dignificar a cada persona y no dejar a nadie atrás, especialmente a los pobres y vulnerables”. Papa León XIV


La justicia ecuatoriana atraviesa una de sus horas más turbias. Las recientes denuncias, renuncias, disputas internas y cuestionamientos públicos al Consejo de la Judicatura y, en especial, a su presidente, no son hechos aislados ni simples escándalos administrativos: son, más bien, la manifestación visible y palpable de una crisis estructural e histórica que, desde hace años, ha minado la confianza ciudadana. Casi nadie confía en esa justicia. Esta crisis no solo compromete la institucionalidad del Estado, sino que golpea directamente a los sectores más vulnerables del país.

Las denuncias cruzadas, las presiones políticas y las persistentes sospechas de corrupción, incluido el posible influjo de la delincuencia organizada o del narcotráfico, han dejado al descubierto un problema profundo: la justicia se ha transformado en un campo de disputa de poder, cuando debería ser un espacio de garantía de derechos. Cuando el órgano encargado de administrar, evaluar y disciplinar a jueces y juezas pierde legitimidad, todo el sistema se resiente, y quienes pagan el precio más alto no son los poderosos, sino las víctimas anónimas que esperan justicia durante años.

La crisis no se explica solo por fallas individuales o coyunturales: su raíz está en la politización de la justicia, ya peligrosamente normalizada. Designaciones, evaluaciones y decisiones disciplinarias han sido atravesadas por intereses ajenos a la verdad, debilitando gravemente la independencia judicial. Esta crisis tiene efectos concretos y dolorosos: en zonas rurales y urbano-populares, la justicia se vive como lejana, lenta y muchas veces corrupta o inaccesible. Para comunidades empobrecidas, mujeres víctimas de violencia y pueblos indígenas, esto se traduce en impunidad y en la falta real de reparación, protección y dignidad.

Frente a este escenario, agravado por la inseguridad, la respuesta institucional ha sido errática y, en ocasiones, autocomplaciente. Las renuncias y los cambios de autoridades, lejos de abrir un proceso serio de reforma y autocrítica, han generado vacíos de poder y mayor incertidumbre.

Desde una perspectiva ética y cristiana, la justicia no puede reducirse a procedimientos formales ni a disputas entre poderes; debe estar al servicio de la vida, de la verdad y de los derechos humanos. Esta es, en esencia, la vocación de los abogados. Cuando el sistema judicial pierde su orientación ética, se convierte en un instrumento que reproduce desigualdades y legitima abusos. Por eso, esta crisis es también moral.

Durante años, el debate sobre la justicia en Ecuador ha quedado encerrado entre élites políticas y técnicas, sin escuchar a quienes padecen sus fallas. Por eso es imprescindible que la designación de nuevas autoridades del Consejo de la Judicatura sea un proceso transparente, participativo y verdaderamente independiente, sin arreglos bajo la mesa ni reparto de cuotas. La justicia no puede ser un botín político: sin independencia real y probidad notoria no habrá justicia y, sin justicia, no habrá paz.

Hacemos un llamado a la sociedad ecuatoriana a no caer en la resignación. La crisis de la justicia no es un destino inevitable: es el resultado de decisiones humanas y, por tanto, puede y debe ser transformada. Desde la Comisión Justicia y Paz reafirmamos nuestro compromiso de seguir trabajando para que se rompa ese “círculo perverso” que ha sumido a la justicia ecuatoriana en una barbarie única, asfixiando la institucionalidad nacional y sometiendo a la ciudadanía.

“De hecho, si no se respeta la justicia, se generan conflictos. Sin justicia, se consagra la ley del fuerte sobre el débil...” (Papa Francisco). Sin probidad notoria no hay justicia. #ComuniquemosEsperanza

 

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domingo, 11 de enero de 2026

carta No. 323: Discernir es clave

 

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en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 323 –11 de enero de 2026
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Discernir es clave

"El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica". León XIV, 4 de enero de 2026.

El 3 de enero de 2026 el mundo amaneció sorprendido e impactado por la incursión de tropas de los Estados Unidos en Caracas, que derivó en la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. De inmediato se produjeron reacciones a favor y en contra, según las distintas posiciones ideológicas y políticas. En Ecuador y en el mundo reaparecieron los “venezonólogos”, algunos expertos y otros improvisados.

Desde la Comisión de Justicia y Paz consideramos que hechos como este deben interpelarnos y llevarnos a una toma de conciencia a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia. Discernir es fundamental para encontrar la voluntad de Dios en la realidad y en uno mismo. Las visiones sesgadas sobre cualquier tema nos conducen a tomar posturas a favor o en contra sin las debidas sustentaciones, muchas veces influenciadas por apreciaciones, noticias u opiniones que responden a intereses particulares. Discernir es una herramienta de conocimiento que ayuda a descubrir la verdad, esa verdad que nos hará libres (cf. Jn 8,32).

Hay personas que están a favor de Maduro y otras a favor de Trump. Cada una tiene sus argumentos para asumir una determinada posición. Tanto Maduro como Trump presentan serios cuestionamientos: ambos tienen rasgos de prepotencia y autoritarismo, y han generado divisiones internas y polarización. Sin embargo, por su poder económico, político y tecnológico, Trump tiene un peso mucho mayor. De ahí que su política invasiva, guerrerista y controladora traspase fronteras y, violentando toda norma internacional, haya invadido Venezuela.

Como cristianos estamos llamados “a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,14-22). Estamos del lado del pueblo venezolano, tanto de quienes permanecen en su país como de quienes han migrado, así como del pueblo norteamericano, de quienes sufren y también de quienes se compadecen y cuestionan. Nos preguntamos: ¿con qué derecho puede el gobierno de los Estados Unidos tomar medidas militares unilaterales contra otro país, incluso vulnerando su propia Constitución y los acuerdos internacionales? ¿Por qué invadir Venezuela sin una agresión previa de su parte? ¿Quién otorga al más fuerte el derecho de atropellar la soberanía del más débil?

Las justificaciones de Trump sobre narcotráfico, democracia y derechos humanos se debilitan cuando admite el interés por controlar el petróleo venezolano, siguiendo una lógica ya usada por potencias en conflictos como Irak, Libia o Ucrania, y en la tragedia persistente del pueblo palestino. Además, su gobierno lanza amenazas contra países como Colombia, México o Groenlandia, buscando consolidar un bloque regional frente a China y Rusia, incluso a costa de violar el derecho internacional y aumentar la incertidumbre global.

El papa León XIV propone criterios claros ante la actual coyuntura: debe prevalecer el bien común del pueblo venezolano, con justicia y paz; se debe respetar y garantizar su soberanía, el Estado de derecho y su Constitución, así como los derechos humanos y civiles, para construir un futuro estable y de concordia, con especial atención a los más pobres. Reitera, además, que “siempre es mejor buscar caminos de diálogo”.

Es el pueblo venezolano quien, de manera libre y democrática, debe decidir su futuro. Desde la preocupación y el afecto por este pueblo hermano, recordamos el anuncio de la Navidad: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). Pedimos al Señor que los venezolanos, los ecuatorianos y toda América seamos verdaderamente “instrumentos de su paz” (san Francisco de Asís).  #ComuniquemosEsperanza

 

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domingo, 4 de enero de 2026

carta No. 322: Una economía con alma

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
Carta semanal No. 3224 de enero, 2026
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Una economía con alma

“La economía de Dios no mata, no descarta, no aplasta; es humilde, fiel a la tierra. Hoy existen economías inhumanas, porque lo que hemos construido es un mundo de cálculos y algoritmos, de lógica fría e interés implacable”. Papa Francisco.

Cuando empieza un nuevo año, aún latentes las oscuridades que deja el año que termina, quisiéramos ver la luz que todavía no llega. Queremos prever qué puede suceder y lo expresamos en los saludos: el deseo de un feliz año, la salud, las bendiciones, la prosperidad. Deseamos la realización de los planes y de los sueños inconclusos. Pensando en el futuro, ponemos la mirada en la luz que vamos construyendo a partir de las oscuridades pasadas y presentes.

Vemos los juegos de poder y los flujos de la economía a nivel nacional y mundial. Vemos un mundo en disputa, entre un Occidente en decadencia y el ascenso de los BRICS, con el paso hacia un orden tripolar. Vemos un país que se mueve en un círculo vicioso, porque el año que termina empezó con las mismas ofertas de solución desde el poder.

La “guerra interna” se presentó como la fórmula para frenar al crimen organizado, pero al final de 2025 Ecuador sigue entre los países más violentos, con cerca de nueve mil muertes. Con instituciones de seguridad y justicia afectadas, la violencia cuesta alrededor de 14.000 millones al año y la paz se percibe cada vez más lejana.

Las noticias oficiales dicen que todo está bien: que el PIB ha crecido 3,8%, que la inflación está por debajo del 1%, que el riesgo país está en 499, que han subido las reservas internacionales, que la banca ha obtenido utilidades del 41% y que las exportaciones han crecido 8%. El FMI nos da una buena calificación y ofrece nuevos créditos. Se repite la oferta de que nos salvarán los convenios firmados en los viajes presidenciales.

Para la mayoría de la gente, la realidad es distinta. Según el INEC, el 67% de los jóvenes no tiene empleo adecuado; más del 60% de los hogares no cubre el costo de la Canasta Básica Familiar; la mediana del ingreso es de 391 dólares; hay mayor pobreza; no hay medicinas y muchos no pueden acceder a la educación. No hay inversión pública ni privada. El esfuerzo de los migrantes sostiene la economía: 7 mil millones de dólares en remesas en el año, aunque la mayor parte se va en consumo.

En 2025 hubo una subejecución del Presupuesto General del Estado del 49%: de 41.317 millones de dólares, se ejecutaron apenas 26.365 millones, afectando sobre todo a salud, educación, bienestar social, vivienda e infraestructura pública. Para 2026, el presupuesto es de USD 46.255 millones. Se han asignado 12.800 millones al pago del servicio de la deuda, mientras cae el presupuesto para salud y educación. La deuda pública suma 89.500 millones. La reducción de la inversión pública y del presupuesto social se ha convertido en la fórmula del ajuste del modelo.

Por eso el año estuvo marcado por la protesta social: la Marcha del Quinto Río en Cuenca, el Paro Nacional y el triunfo del NO en la Consulta expresaron una resistencia desde abajo que busca un camino distinto y un acuerdo nacional para enfrentar los problemas de fondo y defender la democracia. Para 2026, miramos la palabra del Papa Francisco: la economía no puede someterse a los intereses del poder, sino orientarse al bienestar de la gente, poniendo en el centro a los más vulnerables y al ser humano como prioridad.

La salida no pasa por el libre mercado. La economía debe estar fundamentada en la ética, la inclusión, la fraternidad y la solidaridad. No podemos confiar en un cambio solo desde arriba: los grupos de poder suelen colocar sus intereses por encima de la colectividad. El cambio en el nuevo año empieza por las semillas de solidaridad y justicia desde abajo, como una luz que construimos en una minga solidaria.

Un 2026 con dignidad, salud, educación y seguridad para el pueblo ecuatoriano. #ComuniquemosEsperanza

 

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