Con los
ojos fijos en Él
en la realidad y la fe
Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 339 –3 de mayo de 2026
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Derecho a trabajar dignamente
«Trabajando, nosotros nos
hacemos más personas, florece nuestra humanidad, los jóvenes se vuelven
adultos» Estas palabras nos recuerdan que en el centro de cualquier dinámica
laboral no deben situarse ni el capital, ni las leyes del mercado, ni el lucro,
sino la persona, la familia y su bien, respecto a los cuales todo lo demás es
funcional. Esta centralidad, constantemente afirmada por la Doctrina Social de
la Iglesia debe tenerse muy presente en toda programación y planificación
empresarial, para que los trabajadores y las trabajadoras sean reconocidos en
su dignidad y reciban respuestas concretas a sus necesidades reales. Papa León
XIV, diciembre 2025.
Conmemorar el Día Internacional del Trabajo nos obliga
hoy a una reflexión profunda. Hablar de los derechos de los trabajadores cuando
millones de personas ni siquiera logran acceder a un empleo formal resulta un
desafío ineludible. Según la OIT, el principal problema del trabajo en 2026 es
el estancamiento en la calidad del empleo y el aumento de la informalidad.
Persisten graves deficiencias estructurales: 408 millones de desempleados, 284
millones de trabajadores en pobreza y una creciente brecha en el acceso al
trabajo decente, que afecta especialmente a jóvenes y mujeres. En Ecuador,
según el INEC, aunque la tasa de desempleo se ubicó en 2,9 %, la informalidad
laboral alcanzó el 56,3 %, es decir, 4,9 millones de personas. Tener trabajo no
siempre significa vivir con dignidad.
La baja calidad de muchos empleos y el
crecimiento del trabajo informal perpetúan la vulnerabilidad de millones de
familias. A esto se suman factores como la inestabilidad económica, los
conflictos internacionales, los cambios tecnológicos acelerados y decisiones
políticas que profundizan la exclusión, la pobreza y la violencia social. El
desempleo juvenil y el fenómeno de quienes ni estudian ni trabajan los exponen
a la desesperanza, la ansiedad, la pérdida de sentido de vida y, muchas veces,
a dinámicas destructivas como la delincuencia o el enrolamiento por el capital
criminal. Las mujeres enfrentan mayores barreras para acceder a empleos dignos
y estables, reciben menores salarios que los hombres en trabajos iguales y
afrontan dobles jornadas de trabajo: en el empleo y en el cuidado de la
familia.
El trabajo es, sobre todo, una expresión
esencial de la dignidad humana. Debe estar al servicio de la persona, y no la
persona subordinada a las lógicas del mercado.
El papa Francisco dice: “No hay peor
pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo”; y
denuncia la “cultura del descarte”, que muestra cómo los sistemas económicos
centrados en la eficiencia marginan a quienes no responden a las exigencias del
mercado: los mayores, los menos calificados, los trabajadores informales, las
mujeres y tantos otros rostros concretos de exclusión.
Defender el derecho al trabajo exige ir más
allá del acceso al empleo: implica garantizar condiciones justas, estabilidad,
seguridad social, reconocimiento y posibilidades reales de desarrollo humano.
El trabajo digno no puede reducirse a un salario. Supone el respeto a la
persona, el equilibrio con la vida familiar, oportunidades de crecimiento y
participación en la construcción del bien común. Cuando estas dimensiones se
pierden, el trabajador puede convertirse en una pieza reemplazable, y la
economía pierde su rostro humano.
Las nuevas formas de trabajo, marcadas por
la automatización, la digitalización y la “uberización”, han dejado a millones
sin contrato, protección ni voz. Por eso, defender el trabajo digno exige que
la tecnología y la economía estén al servicio de la persona, y que tanto las
políticas públicas como las empresas promuevan empleo de calidad y reconozcan
al trabajador como protagonista, no como un simple costo.
Es fundamental la organización de los
trabajadores, como instrumento para equilibrar las asimetrías de poder entre el
trabajo y el capital. Sin organización, el trabajador queda aislado frente a
estructuras que lo superan.
Una sociedad que coloca a la persona en el
centro podrá construir justicia social y una paz duradera. Un puesto de trabajo
digno más, sobre todo para los jóvenes, es una víctima menos que puede ser
atrapada por la seducción o el miedo ante el capital criminal. Apostar por el
trabajo digno es apostar por una sociedad más fraterna, más equitativa, más
solidaria y verdaderamente humana. #ComuniquemosEsperanza
Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es
una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de
reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar
y proponer alternativas, a través de estas cartas.
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