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sábado, 6 de septiembre de 2025

carta No. 305: Nadie está preparado

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 3057 de septiembre de 2025
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Nadie está preparado

“Hoy reflexionamos sobre el contraste que existe entre la esperanza cristiana y la realidad de la muerte. Nuestra civilización moderna trata de suprimir y disimular la muerte, hasta el punto de que cuando llega nadie está preparado, ni tiene tampoco los medios para darle un sentido. La muerte es un misterio, manifiesta la fugacidad de la vida, nos enseña que nuestro orgullo, ira y odio, son sólo vanidad; que no amamos lo suficiente, que no buscamos lo esencial” (Papa Francisco).

Esta carta tiene una motivación especial para la Comisión Ecuatoriana de Justicia y Paz, nace de una realidad que nos ha afectado profundamente; en los últimos tiempos hemos perdido a entrañables amigos como Serafín Ilvay, Andrés León y el P. Lauren Fernández y tenemos otros compañeros que atraviesan graves quebrantos y riesgos en su salud. Nos sentimos íntimamente involucrados y esto nos impulsa a reflexionar sobre el sentido de la vida y de la muerte.

Reflexionar sobre la muerte es reflexionar sobre nuestra vida. La muerte es una dimensión de la vida, forma parte de ella. La muerte siempre será un misterio, es la gran incógnita y la principal crisis existencial del ser humano. Es una realidad que acompaña nuestra existencia, sabemos que un día, tarde o temprano llegará, pero vivimos ignorándola, salvo cuando nos afecta directamente.

Ante la muerte afloran los más fuertes sentimientos: rechazo, negación, aceptación, consuelo, fe y esperanza. En gran parte nuestra actitud depende del sentido que demos a ese tránsito. Cada cultura tiene sus propias costumbres, símbolos y rituales ante la muerte; en algunos pueblos se la asume como una parte natural del ciclo de la vida; mientras que en otros —marcados por la incesante búsqueda de pasiones o por un activismo permanente— se la evita, se la oculta o incluso se la niega.

Hay muertes que nos cuestionan profundamente y nos obligan a preguntarnos “los porqués”. Duelen especialmente cuando se trata de niños o jóvenes que no han desarrollado todo su potencial humano o cuando fallecen personas que podrían haberse salvado con una atención médica adecuada. Nos desconcierta la muerte inesperada, como la que llega de forma repentina o a causa de un accidente. Otras, en cambio, nos indignan: aquellas vidas segadas por la violencia cruel y estéril, o las que se apagan en la soledad, marcadas por el abandono de los suyos. En muchos decesos se deja entrever la cínica máscara de la llamada “cultura del descarte”.

Hay también muertes de personas que, habiendo cumplido su ciclo vital, asumen este paso con un sentido trascendente. Cuando perciben que la vida se apaga o que el peligro es inminente, se abandonan en las manos de Dios diciendo: “Señor, que se haga tu voluntad”. Otras muertes se convierten en testimonio ejemplar, como la de quienes entregaron su existencia en sacrificio por los demás como Mons. Alejandro Labaka, la Hna. Inés y tantos otros que dieron su vida al servicio del bien común y en amor al prójimo.

Al final, cada persona muere en soledad, no podemos atisbar el más allá, no obstante, este trance se vuelve más llevadero cuando existe la posibilidad de despedirse y de ser acompañado por el cariño y la presencia de la familia y los amigos.

La muerte es, en cierto modo, la recapitulación que da sentido a toda la vida. Nos permite reconocer la fragilidad de tantas vanidades y pone en evidencia la fatuidad del orgullo, así como de la incesante búsqueda de placer, prestigio, poder o dinero. Sin embargo, también nos recuerda —en palabras del Papa Francisco— que “solamente el bien y el amor que sembramos mientras vivimos permanecerán”.

¿Cómo podemos llenar nuestra vida de esa trascendencia? Es necesario revisar nuestras prioridades. Si creemos en el Reino de Dios y en el Evangelio, debemos comprender que la vida es un peregrinaje hacia la casa del Padre y hacia la plenitud de la existencia. Esto nos llama a comprometernos con todo el corazón y la mente en hacer el bien, compartiendo nuestra vida de manera solidaria y en comunidad. Quienes entregaron su vida por los demás permanecen vivos en aquellos a quienes amaron y en quienes se nutrieron de su ejemplo.

En medio del dolor por la pérdida de seres queridos y amigos, surge la esperanza y la confianza que nos regala Cristo Resucitado, quien nos dice: “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Lc 20,38), sabiendo que “Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; porque yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25-26).  #ComuniquemosEsperanza

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

domingo, 28 de marzo de 2021

Carta No. 73: En la pasión y muerte habita la Resurrección

Con los ojos fijos en Él
en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 73 – 28 de marzo 2021

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En la pasión y muerte
habita la Resurrección

“Pueblo mío, confíen siempre en él, abran su corazón delante de él, Dios es nuestro refugio." (Salmo 62,9).

En este tiempo de pandemia nos hemos encontrado cara a cara con la muerte.  Ella es parte de la vida, tanto como la vida es parte de la muerte. Estamos absortos, anonadados, disminuidos, limitados, compungidos, acorralados, guardados, perdidos… pese a tanta ciencia y tecnología aún estamos en medio de un laberinto, sin saber por dónde ir.  La incertidumbre es parte de nuestra cotidianidad.

La pasión, el dolor, la angustia, la desesperación son experiencias que vivimos y más cuando sin previo aviso llega el coronavirus y empieza a hacer de las suyas. Caemos rodilla en tierra por el peso de la pobreza, el desempleo, la violencia, la enfermedad que hacen parte de nuestra realidad. Al mismo tiempo recibimos la mano de tantos 'cirineos' que muestran su solidaridad para ayudarnos a sostener nuestra debilidad e impedir que caigamos en la desesperación.  Gracias a ellos seguimos luchando, para superar las crisis y soñar en días mejores.

Hemos sido crucificados, sentimos las lanzas de la miseria, la injusticia, la corrupción, la impunidad, la violencia. El horror ha traspasado nuestra fragilidad como latigazos que con furibunda y despiadada fuerza azotan nuestra dignidad hasta casi desintegrarla. De igual modo, también nos han coronado con burlas y engaños, que han despreciado y malgastado nuestra confianza hasta dejarla raquítica y débil, casi sin fuerzas para reaccionar ante tanta ignominia. Ahí estamos temerosos, sin encontrar soluciones a la pandemia y a la pobreza, parecería ser que expiramos el último aliento de vida, mirando hacia el infinito y preguntándonos el por qué de tanta tragedia, de tanta crucifixión.

Como en los tiempos de Jesús, los poderosos siguen disfrutando privilegios, delineando engaños, obstruyendo la justicia, aprovechando sus entronques y palancas, dominando a los más débiles, legitimando lo indeseable, despreciando la humildad y derrochando soberbia. En época de enfermedad, muerte y carencia, siguen sacando provecho del dolor y la tragedia, siguen explotando a los demás.

Aunque quienes se aprovechan del poder creen que han vencido, por todo lado surgen manifestaciones de solidaridad que logran, con sentimientos y acciones, aliviar y hasta superar esas manifestaciones de muerte. De la mano de Jesús, que murió y resucitó por cada uno, salimos del sepulcro, moviendo las puertas de la opresión y venciendo el miedo, caminamos hacia el encuentro con el Solo Amor, respaldados en la fuerza comunitaria que nos unifica y fortalece, aupados por la oración fraterna y compartiendo lo que somos y tenemos.

Logramos vencer el covid 19 cuando nos reconocemos en el prójimo, siendo responsables de nuestro cuidado y el de los demás, cuando nos vacunamos, cuando seguimos a rajatabla las recomendaciones de bioseguridad, cuando nos abstenemos de diversiones y encuentros irrelevantes, fiestas, mítines y farras. Mientras tanto debemos seguir adelante sin bajar la guardia, mirando con esperanza el futuro y confiando plenamente en la misericordia de Dios.

La unión y solidaridad nos hace fuertes, y nos sentimos confortados cuando al partir el pan nos hacemos hermanos.  Cristo venció a la muerte.  ¡Alegría y Paz Hermanos, el Señor Resucitó!  ·  #ComuniquemosEsperanza


Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.