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domingo, 30 de agosto de 2026

carta No. 356: “Quedan los árboles que sembraste”

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 356 –30 de agosto, 2026
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“Quedan los árboles que sembraste”

“Mi colegio, mi universidad, han sido las comunidades indígenas. Los indígenas fueron mis maestros, ellos me han enseñado y todo lo que sé lo he aprendido en la cantera del pueblo” “Amo lo que tengo de indio”. Mons. Leonidas Proaño, 1987.

Este 31 de agosto recordamos 38 años de la Pascua de Mons. Leonidas Proaño, conocido en Ecuador como “Taita Leonidas”, “el obispo de los indios” o “el obispo de los pobres”, y destacado como tal por san Juan Pablo II el 30 de enero de 1985, durante su visita al Ecuador. Fue un gran y humilde pastor, amado por los indígenas y por muchas personas de los sectores populares.

Nació el 29 de enero de 1910 en San Antonio de Ibarra, en una familia muy humilde de artesanos y tejedores de sombreros. Como recordaba: “Nací en un hogar pobre y aprendí en ese mismo hogar a amar a los pobres”. Se ordenó sacerdote en 1936. Pronto se interesó por las corrientes más progresistas de la Doctrina Social de la Iglesia y la Teología de la Liberación. Empezó como profesor en Ibarra, impulsó la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y la Acción Católica Obrera (ACO). Fundó la librería Cardijn y el bisemanario La Verdad, del que fue editor. En 1954, el papa Pío XII lo nombró obispo de Bolívar, diócesis que abarcaba las provincias de Chimborazo y Bolívar, con sede en Riobamba. En 1958 la diócesis se dividió en Riobamba y Guaranda, y permaneció en la primera hasta 1985.

Vivió humildemente en Santa Cruz, de manera sumamente austera, despojado de lujos y consagrado por entero a las comunidades indígenas y a los sectores populares. Se revistió con su característico poncho, signo de su compromiso con la justicia social y con los pueblos indígenas, promoviendo su acceso a la vida pública y al poder político. Autenticidad, comunidad y Reino de Dios definieron su pensamiento y su acción pastoral.

En 1960 realizó la reforma agraria de las haciendas de la diócesis y repartió esas tierras entre las comunidades indígenas, lo que provocó el rechazo de los poderosos y de los gobiernos de entonces, que lo consideraban un “sacerdote rojo”. En 1962 creó las Escuelas Radiofónicas Populares del Ecuador (ERPE) para la alfabetización, educación y evangelización de los indígenas, bajo el lema “Educar es liberar”, y también el Centro de Estudios y Acción Social para apoyar el desarrollo de las comunidades indígenas.

Participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Fue parte del conocido “Pacto de las Catacumbas”, donde 40 obispos latinoamericanos se comprometieron con una vida sencilla y una opción preferencial por los pobres. Fue elegido presidente del Departamento de Pastoral del CELAM (1964-1968) y participó en la creación del Instituto Itinerante de Pastoral de América Latina (IPLA).

Su compromiso se expresó en misiones, equipos pastorales y formación de agentes y diáconos indígenas. Apoyó la creación de ECUARUNARI y la CONAIE, y sufrió persecución por su labor: fue denunciado ante el Vaticano y, durante la dictadura militar, detenido y acusado de traición a la patria.

En 1985 presentó su renuncia al episcopado por razones de edad y luego fue nombrado responsable de la pastoral indígena de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana hasta 1988. Fundó la filial ecuatoriana del Servicio Paz y Justicia (SERPAJ). Fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 1986 y recibió diversos reconocimientos nacionales e internacionales.

En 1987 se le detectó un cáncer que debilitó rápidamente su salud. Falleció al amanecer del 31 de agosto de 1988 y fue enterrado, de acuerdo con sus deseos, en la comunidad de Pucahuaico, cerca de su natal San Antonio de Ibarra, donde la Fundación Pueblo Indio del Ecuador conserva su memoria y legado espiritual.

Rememorar hoy la vida, las acciones y el ejemplo de Mons. Proaño no es solo recordar a una figura muy importante de la historia ecuatoriana y latinoamericana; es revivir sus motivaciones y opciones desde la fe. Como poéticamente decía: “quedan los árboles que sembraste…”, como semillas vivas que siguen dando frutos de esperanza, amor por los indígenas, por los pobres y por la solidaridad comunitaria. #ComuniquemosEsperanza

 

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

domingo, 23 de agosto de 2026

carta No. 355: Solidaridad: una acción colectiva

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 355 –23 de agosto, 2026
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     Solidaridad: una acción colectiva

"La palabra ‘solidaridad’ está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. ¡Es más! Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Esto significa solidaridad. No es solo cuestión de ayudar a los otros, esto está bien hacerlo, pero, es más: se trata de justicia” Papa Francisco.

Frente a desastres y tragedias -como los devastadores terremotos sufridos recientemente en Venezuela y Colombia-, la solidaridad emerge no como un simple acto de caridad, sino como una respuesta colectiva vital que une esfuerzos para reconstruir vidas y devolver la esperanza en momentos de crisis.

Para el papa León XIV, la solidaridad es un compromiso institucional e individual profundo con la dignidad humana, que supera la mera asistencia material. Se expresa cuando cada persona, de forma individual y colectiva, rechaza la indiferencia y se convierte en constructora de puentes de esperanza y justicia social.

La solidaridad, según León XIV, se sostiene en la acción colectiva y en redes globales: es un llamado para que la Iglesia y las organizaciones actúen de manera rápida, coordinada y transfronteriza. Incluye, además, la protección de los más vulnerables, con especial atención a los menores desplazados, los migrantes y los grupos marginados por la sociedad. Frente a la limosna, plantea una justicia estructural: si bien la ayuda directa es necesaria, la verdadera solidaridad exige transformar los sistemas económicos para combatir la desigualdad y asegurar el acceso universal a alimentos, agua y empleo digno. También rechaza la indiferencia, pues requiere escuchar activamente las historias de quienes sufren, en lugar de reducirlos a estadísticas.

La solidaridad como acción colectiva es la unión de muchas personas para alcanzar un fin común y mejorar la vida de todos. No consiste en dar lo que sobra, sino en trabajar en equipo, compartir responsabilidades y buscar juntos la justicia social.

Se caracteriza por la cooperación mutua, porque todos se apoyan entre sí; por la responsabilidad compartida, porque el problema de uno concierne al grupo entero; por la acción organizada, porque el esfuerzo conjunto permite lograr un impacto real; y por la igualdad, porque no hay una persona superior que ayuda a otra inferior, sino hermanos que caminan y luchan juntos.

Uno de los ejemplos más significativos de solidaridad colectiva es la minga, una palabra sencilla que encierra un profundo concepto. En Ecuador aún se conserva y practica tanto en sectores rurales como urbanos, con especial trascendencia en las comunidades indígenas.

La minga es una práctica ancestral de trabajo colectivo y una de las máximas expresiones de solidaridad comunitaria. No es simple voluntariado, sino una institución cultural y social basada en la reciprocidad, la unidad y el bienestar común. Se fundamenta en el principio del randimpa, “dar y recibir”. El esfuerzo físico y mental de todos se une para realizar obras que una sola familia no podría alcanzar. No existe remuneración económica: el beneficio es para la comunidad y, muchas veces, el trabajo culmina con una celebración compartida.

Otra expresión de solidaridad es la pambamesa, en la que los alimentos se comparten sobre el suelo como signo del trabajo colectivo. Cada familia aporta lo preparado en su hogar y todos comen de una mesa común. Comer a ras de tierra simboliza también el agradecimiento a la Pachamama, la Madre Tierra, por las cosechas y los alimentos recibidos.

La pambamesa tiene un significado profundo: elimina jerarquías, porque todos se sientan al mismo nivel; garantiza la equidad, porque quien no pudo llevar alimentos participa de igual manera; y fortalece el tejido social, porque se convierte en un espacio para conversar, reír, resolver tensiones y celebrar el éxito de la minga.

Ante las tragedias y los desastres, educar en la solidaridad, experimentarla en familia y vivirla en comunidad nos abre una enorme posibilidad de respuesta cristiana frente a las emergencias. Está en nosotros asumirla en la cotidianidad y ponerla en práctica en tiempos de crisis. #ComuniquemosEsperanza

 

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

domingo, 16 de agosto de 2026

carta No. 354: ¡Necesitamos nuevos gritos de Libertad!

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 354 –16 de agosto, 2026
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        ¡Necesitamos nuevos gritos de Libertad!


El amor a la patria es un valor fundamental que se compara con el amor a una madre. Quien no ama su tierra ni sus raíces no puede construir un futuro verdadero ni amar plenamente a Dios. Ser patriota implica cuidar a la comunidad, trabajar por la unidad y rechazar la división o el egoísmo. Papa Francisco

La Declaración de Independencia dio una voz perdurable a los ideales de libertad, igualdad, búsqueda de la felicidad, justicia y autogobierno democrático…Durante años, generaciones han procurado promover estos principios mediante el sacrificio, el servicio, la innovación y la participación cívica. Papa León XIV, julio 2026.

El 10 de agosto de 1809, en Quito, se alzó el Primer Grito de Independencia, un hecho que traspasa el tiempo. Cada 10 de agosto recordamos cómo un grupo de patriotas quiteños, hombres y mujeres, depuso a las autoridades coloniales y formó una Junta de Gobierno. Fue más que una ruptura con España; fue una insurrección “legitimista”. Su importancia radica en que, por primera vez, se enarboló el concepto de “soberanía del pueblo”, estableciendo un precedente para toda Hispanoamérica.

Ese acto tuvo un alto costo: el movimiento fue reprimido brutalmente con la masacre del 2 de agosto de 1810, donde alrededor de 300 personas fueron asesinadas, entre ellas muchos intelectuales. Este sacrificio consolidó su condición de acto de valentía y símbolo de la lucha por la libertad. Pero también marcó el camino hacia el nacimiento de la República, 21 años más tarde. Estos hechos reflejan también las luchas y desafíos actuales del Ecuador. Sin embargo, la memoria del Primer Grito y de otras fechas patrias se ha ido debilitando, reducida muchas veces a feriados y fines turísticos. La falta de educación cívica y de conocimiento histórico afecta la identidad nacional, mientras el sentido de Patria y comunidad es sustituido por una lógica de mercado y éxito individual.

La memoria histórica no es solo información; se asienta en los símbolos, valores y afectividades compartidas. La memoria de la Patria se sustenta en el sentido de comunidad.

Ahí está el riesgo: quien no conoce su historia no sabe de dónde viene ni hacia dónde va. Si queremos un futuro propio e independiente, necesitamos recoger nuestro camino y nuestras luchas por la independencia, fortalecer nuestra identidad y valorar nuestra cultura. De otra manera, viviremos los relatos y las historias de la dominación y del nuevo colonialismo. Hoy ese proyecto se refleja en un eslogan: “América Grande Otra Vez”, que abarca una propuesta de dominio continental desde el Ártico hasta la Patagonia.

El discurso oficial plantea una alianza estratégica para combatir el terrorismo y el narcotráfico, dejando al margen la necesidad de construir país desde la cultura, la gastronomía, las fiestas populares, la religiosidad, la participación, la educación, la salud, el empleo y la verdadera seguridad.

El poder hegemónico busca disolver el sentido de Patria, de una historia y de un futuro independiente y común; plantea una nueva visión del mundo. Como denuncia el papa León XIV en la encíclica Magnífica humanitas, se apuntala la distopía de la república tecnológica, las promesas de la inteligencia artificial y los discursos transhumanistas para crear un nuevo mundo, purificado de los desechables y descartables.

Se reemplaza el sentido de Patria por un nacionalismo que excluye a migrantes y vulnerables, cuando el verdadero valor de una nación está en proteger la vida y acoger al necesitado. Aun así, renace desde abajo la esperanza de una Patria Grande, unida por la memoria de sus luchas y la unidad latinoamericana.

Trabajemos para unirnos, para juntar todas las voces, para defender la democracia, la soberanía, la paz y los derechos básicos a la salud, la educación y la seguridad social para todos y todas. Es menester superar la polarización y aunar esfuerzos para honrar las gestas de nuestros héroes y potenciar todas nuestras capacidades, conociendo y valorando justamente nuestra historia para proyectarnos hacia un futuro de paz y justicia.

“Vámonos patria a caminar, yo te acompaño. / Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. / Yo he de morir para que tú no mueras” (Otto René Castillo). #ComuniquemosEsperanza

 

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

 

domingo, 9 de agosto de 2026

carta No. 353: La longevidad es memoria viva

 

Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 353 –9 de agosto, 2026
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La longevidad es memoria viva

“Dios nunca abandona a sus hijos. Ni cuando la edad avanza y las fuerzas flaquean, cuando aparecen las canas y el estatus social decae, cuando la vida se vuelve menos productiva y corre el peligro de parecernos inútil…No dejemos de mostrar nuestra ternura a los abuelos y a los mayores de nuestras familias, visitemos a los que están desanimados o que ya no esperan que un futuro distinto sea posible. A la actitud egoísta que lleva al descarte y a la soledad contrapongamos el corazón abierto y el rostro alegre de quien tiene la valentía de decir “¡no te abandonaré!” y de emprender un camino diferente” Papa Francisco, 25 de abril, 2024.


Los adultos mayores son parte vital de la memoria viva de nuestros pueblos. Ellos conocen historias que no están en los libros, recuerdan acontecimientos que las nuevas generaciones desconocen, conservan la cultura y las tradiciones, transmiten valores y custodian experiencias que nos permiten comprender quiénes somos. Como sociedad y como familia tenemos ante nosotros varias disyuntivas: ¿somos capaces de respetar y valorar lo que aportaron y aportan los ancianos o preferimos seguir dándoles la espalda?, ¿somos conscientes de lo que perdemos si los descartamos? Ellos son muy importantes en el tejido social. También mantienen y transmiten nuestra fe, y representan la esperanza y el amor de Dios.

La longevidad es la etapa más larga de la vida, que llega después de un extenso camino de trabajo, rutinas, luchas e historias llenas de recuerdos alegres, acumulados con la experiencia y la sabiduría de los años; o, al contrario, con el dolor de frustraciones y fracasos sufridos, que con mucho valor superaron en su debido tiempo. Por su aporte y por el sendero recorrido, merecen una longevidad digna, que supere el edadismo, el olvido y la ingratitud. Respeto, consideración, buen trato, compañía, cercanía, cariño, afecto y amor les deben las familias, la sociedad y el Estado.

Es una edad a la que se puede llegar sin aspavientos, con el acompañamiento, el cariño y la cercanía de las personas amadas; pero que, en muchas ocasiones, está poblada de ausencias: amigos cercanos que ya partieron a la eternidad, otros que simplemente se alejaron y familiares que los abandonaron.

Al final del camino de la vida, antes de que caiga definitivamente el telón de la existencia, puede llegar el deterioro físico asociado con la dependencia, la vulnerabilidad y la fragilidad, generadas por una enfermedad más o menos complicada, compleja y larga, hasta llegar a la inevitable extinción terrenal.

Las familias que acompañan a sus mayores en los últimos años fortalecen vínculos de gratitud, cuidado y amor. Sin embargo, para muchos adultos mayores la realidad es muy distinta: la vejez puede significar soledad, abandono, pobreza, enfermedad y falta de apoyo. Esta situación afecta tanto a comunidades rurales, marcadas por la migración de los familiares, como a las ciudades, donde también persisten formas dolorosas de abandono.

Es responsabilidad del Estado, de la sociedad y de las familias cuidar y atender a los adultos mayores, definidos como un grupo de atención preferencial por la Constitución de la República en los artículos 36 y 37. Sin embargo, esos derechos se incumplen. Vivimos en una sociedad donde el individualismo y la pérdida de valores promueven y aceleran su descarte.

Ese descarte lo viven muchos ancianos invisibilizados por la sociedad, que carecen de acceso a servicios de salud, medicación, cuidado y compañía. Un sinnúmero de ellos, incluso, han sido abandonados por sus propios familiares.

La Biblia nos ofrece, en el libro de Rut, una historia de fidelidad y cuidado. Noemí, que era viuda, perdió a sus dos hijos en Moab y dio libertad a sus dos nueras para que cada una pudiera rehacer su vida. Sin embargo, Rut se quedó con ella y regresaron juntas a Belén. Sus palabras siguen siendo profundamente conmovedoras: “No insistas en que me vaya y te abandone. Iré adonde tú vayas, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1,16).

¡Muchos adultos mayores necesitan escuchar de nosotros: “No te abandonaré”! #ComuniquemosEsperanza

 

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.

 

 


domingo, 2 de agosto de 2026

carta No. 352: La Longevidad: ¡Nueva potencialidad!

 

 


Con los ojos fijos en Él

en la realidad y la fe

Comisión ecuatoriana Justicia y Paz
carta No. 352 –2 de agosto, 2026
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         La Longevidad: ¡Nueva potencialidad!

“Los abuelos son las raíces de un pueblo.” (Papa Francisco).

Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera». (Papa León XIV).



Cada 18 de julio celebramos el Día del Jubilado. Jubilación viene de jubileo, época de descanso. Para quienes tuvieron trabajo es el cierre de la etapa del tiempo laboral, el paso de la rutina diaria con horario a un tiempo “libre”, que se combina con diversos cambios en la vida de la persona, desde lo físico y económico hasta lo social y lo espiritual.


En Ecuador crece el número de adultos mayores. Se abre una etapa después de los sesenta años que puede durar tres o incluso cuatro décadas. El porcentaje de personas mayores de 60 años ha pasado de 7,2% en el 2000 al 11,8% en 2026, mientras que la esperanza de vida aumentó de 48 años en 1950 a 79 años en 2026.


Hoy esta realidad se reconoce como la “la nueva longevidad”, mientras la nueva longevidad nos invita de manera propositiva a un tiempo de posibilidades, crecimiento y esperanza, la vejez evoca el final de una etapa, la obsolescencia o la inutilidad.  Es una fase de vida que no está dirigida a esperar la muerte, sino a preguntarse ¿cómo vivir?


Surgen entonces preguntas fundamentales: ¿está preparada la sociedad para acoger a un número cada vez mayor de adultos mayores? ¿Estamos preparados para vivir esta etapa de la vida?


En nuestro país existe una paradoja: contamos con un marco constitucional y legal que reconoce y protege los derechos de los adultos mayores, comenzando por el derecho a la seguridad social, pero la realidad es diferente: apenas el 27,26% de los adultos mayores cuentan con la protección de la jubilación del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social. La jubilación es un derecho para todos, pero en la práctica se ha convertido en una excepción, un privilegio amenazado por su progresivo debilitamiento. ¿Qué ocurre con el 72% que no cuenta con la protección de la jubilación? Enfrentan situaciones de pobreza, abandono y soledad que afectan especialmente a las mujeres adultas mayores: el 59% carece de ingresos propios. La situación es aún más grave en el campo, donde permanecen niños y adultos mayores mientras los jóvenes emigran en busca de mejores oportunidades.


En la jubilación se encierra retos y las oportunidades. El riesgo es pasar de una vida laboral activa a un tiempo vacío; de una sociabilidad construida en el trabajo a la pérdida de vínculos y la soledad. Se requiere “aprender” a reconstruir esta nueva etapa. La clave de una buena longevidad está en prepararse para conservar la autonomía física, económica, afectiva y social, reconociéndose siempre como sujeto de derechos.


Los jubilados de hoy pertenecen principalmente a las generaciones conocidas como “Baby Boomers” y “Generación X”, han vivido la segunda mitad del siglo XX y viven el inicio del siglo XXI, nacieron en un mundo analógico y habitan en lo digital. Su misión es ser puente entre las raíces y la memoria histórica, con el fundamento del presente y del futuro. Como dice el Papa Fracisco, “los abuelos son las raíces de un pueblo”.


Los adultos mayores que no tienen jubilación pasan una serie de penurias y carencias, viven del apoyo de sus familiares, de la asistencia pública, o en algunos casos, de la caridad en condiciones de abandono. Son los “descartados” de la sociedad.


La longevidad implica también responsabilidades para la familia, la sociedad y el Estado. El desafío consiste en superar el viejismo y dejar de considerar a las personas mayores como una población sobrante, para reconocer sus capacidades, su sabiduría y su contribución al desarrollo del país y asumir que son sujetos con derechos. En los pueblos originarios y en muchas comunidades, los mayores son honrados como fuente de sabiduría y memoria.

Juntos podemos devolver a los adultos mayores el sentido original de jubileo: un tiempo de descanso y “ocio”, de bienestar y adecuada atención médica; un tiempo abierto al disfrute, al crecimiento personal y a la realización de proyectos postergados por las obligaciones laborales y familiares. Los adultos mayores son memoria y proyección. La misión no consiste en recordar su pasado, sino comprometernos con su presente y su futuro. #ComuniquemosEsperanza

 

 

Con los ojos fijos en El, en la realidad y la fe" es una publicación de la Comisión ecuatoriana Justicia y Paz, resultado de reuniones periódicas de los miembros de la Comisión para analizar, reflexionar y proponer alternativas, a través de estas cartas.